latercera.cl

21 de noviembre de 2008

CULTURA

Crítica de cine: Red de Mentiras

 
El último trabajo del director Ridley Scott examina la archiconocida "guerra contra el terrorismo" de la mano de dos agentes de policía, encarnados por Leonardo Di Caprio y Russel Crowe.

Gonzalo Maza.


20/11/2008 - 09:20


"¿Pertenecemos allá o no? No importa cómo te plantees la pregunta, porque estamos cansados y no podemos ver el final. No tenemos consuelo, pero el enemigo está tan cansado como nosotros". El que habla es Ed Hoffman (Russell Crowe), un experto en materias militares que asesora a un grupo de burócratas y parlamentarios de Washington. Es el mismo discurso que han esgrimido algunos en Estados Unidos respecto a la ocupación en Irak: quizás no fue buena idea haber ido hasta allí, pero ya no podemos salirnos.

Hoffman trabaja desde Estados Unidos, ladrando sus instrucciones mientras va a dejar a su hijo al colegio. Roger Ferris (Leonardo Di Caprio), en cambio, hace el trabajo sucio: el espionaje necesario en Irak para desmantelar las organizaciones terroristas.
La película retrata las labores de ambos personajes, como una acuarela de las dos guerras: la que se vive en directo y la que se dirige desde una oficina.

Red de mentiras tiene una postura cínica respecto a la guerra actual: en una escena, el personaje de Di Caprio, que ya le disparó un balazo en la cabeza a un soplón, se impacta cuando ve cómo torturan a un sospechoso: "Jamás pensé que utilizarían la tortura como castigo", dice, casi llorando.

La película anterior de Ridley Scott, La Caída del Halcón Negro, también abordaba un conflicto en un país musulmán, pero ahora queda más clara su devoción por la guerra como sistema, más allá de las razones y motivaciones. El personaje que mejor representa la visión del director ante el conflicto bélico es Hoffman: un hombre de familia, inteligente y racional, que necesita de la guerra (y la disfruta) como un mal necesario para su tranquilidad diaria. De ahí que las escenas de acción de la cinta no sean tantas como las de negociación, conversación, instrucciones y otro tanto de diálogos que pretenden ilustrar la complejidad política que está en juego.

Sin embargo, hay algo sordo, algo hollywoodense, incluso anticuado: que la guerra es un escenario de virilidad y negociación antes que de dolor y miseria. Allí está la respuesta a la pregunta que la película plantea: no, no pertenecen allá, ni a ningún lado. Sólo pertenecen a un imaginario aterrador, que habla de la guerra como de una idea lejana de la que se pueden hacer películas.