5 de noviembre de 2008
Pocas palabras, un drama personal y los puños siempre listos marcan Quantum of Solace, la cinta 22 del agente 007 que se estrena este jueves y que cada vez es más minimalista y ruda.

Daniel Craig y Olga Kurylenko en el Desierto de Atacama.
Está enojado. Y apesadumbrado por la muerte de su amor, Vesper Lynd. Esta pérdida, ocurrida en Casino Royale (2006), es el gran motor que hace avanzar a Quantum of solace y le da a James Bond su espesor dramático.
Con la que es probablemente la aparición más doliente y minimalista del agente 007, la cinta que carga con el desafío de superar el éxito comercial de su predecesora, se estrena este jueves (con 55 copias) con el agregado para el espectador chileno de ejercitar el juego de trivia para descubrir las locaciones chilenas de la superproducción. Y si bien muchos quedarán con gusto a poco, el filme cumple estrictamente en lo que se conoce: acción, explosiones y mujeres bellas.
La cinta, que este fin de semana debutó exitosamente en Gran Bretaña, Francia y Suecia, partió con 38,6 millones de dólares y ya se esperan millonarios ingresos en su estreno de América (norte y sur) y Asia. En estricto rigor, las aventuras número 22 de la franquicia creada por el escritor Ian Fleming, es un largo y rudo viaje por varios confines del mundo, en lo que ya es parte del sello Bond: países exóticos, corrupción e intrigas de alto nivel.
El personaje interpretado por Daniel Craig mantiene esa ambiguedad que fue tan celebrada en Casino Royale, donde los rasgos oscuros y hasta sicopáticos conviven con el honor y el deber. Pero en Quantum of Solace estos detalles están aumentados: su ausencia de sentimientos y la frialdad para ejecutar sus planes lo alejan significativamente del glamour de Pierce Brosnan. De hecho, hasta el Aston Martin y los famosos Martinis aparecen con cuentagotas. De hecho, sumando ambos filmes, el Bond de Daniel Craig está más cerca de Jason Bourne que de la imagen seductora de Brosnan.
Esta vez 007 va tras la pista de una poderosa organización que -tal como los Illuminati de El código Da Vinci-, parece infiltrarse a todos los niveles. Buscando a la cabeza de la organización pero a la vez desautorizando las órdenes de su superior, M (Judi Dench), Bond llega hasta Dominic Greene (Mathieu Almaric), quien negocia de manera oscura con militares golpistas de Bolivia, en una dinámica de corrupción conocida por esta región. En esos intentos conoce a Camille (Olga Kurylenko), una misteriosa mujer que anda tras una venganza personal.
"En mi experiencia, las películas de James Bond siempre lograron transportarme a un mundo diferente", explicó Daniel Craig en las notas de producción. "Para nosotros fue de suma importancia echar mano de todas estas locaciones a fin de mostrarle a las audiencias un mundo asombroso, maravilloso, diverso. Si ese hubiese sido nuestro único motivo para realizar esta filmación, creo que la prueba ha sido superada con excelentes calificaciones". Una prueba de fe.