31 de octubre de 2008
Un especialista chileno asegura que este rito permite celebrar al que ha partido, además de la relación con la vida y la muerte que construye quien ha quedado con vida.

Cada 1 de noviembre, Día de Todos los Muertos, los cementerios en Chile se llenan de personas que van a visitar a sus familiares ya fallecidos.
Si bien perder a un ser querido es probablemente uno de los dolores más grandes que puede llegar a sentir un ser humano, expertos aseguran que es necesario aceptar la pérdida del otro y continuar con la vida cotidiana.
En ese punto tienen sentido las visitas al cementerio, pues según especialistas, son parte de los ritos necesarios para vivir un duelo sano. "La visita al cementerio y todos los rituales asociados, son saludables en la medida que permiten apuntalar el significado que hemos otorgado a la pérdida" comenta Rodrigo Morales, sicólogo de la Universidad Mayor.
El sicólogo añade que "los ritos siempre han formado parte de nuestra cultura como modo de conmemoración, como modo de hacer real aquello que no podemos tocar. Los símbolos asociados permiten que celebremos en concreto lo abstracto que resulta el destino de la vida después de la muerte".
RITOS
La dificultad del duelo varía considerablemente para cada persona y dependerá de qué significado se le da a la vida y la muerte en nuestra vida cotidiana. "Hay ejemplos claros de factores socioculturales que modulan esta relación con la muerte, como el sostén en la religión, las creencias, o la historia personal en torno a la pérdida de seres queridos, agrega el sicólogo".
Según cuenta el experto, hay personas que han sufrido pérdidas terribles, como la muerte de un hijo pequeño. "Pero ellos, bajo el recurso de la fe cristiana, han sido capaces de enfrentar con paz la pérdida, mientras que en otras ocasiones, pérdidas que pueden parecer menos violentas son vividas como catastróficas bajo la misma perspectiva".
Aunque el sicólogo asegura que visitar la tumba de los seres queridos no es una acción terapéutica en sí. Pero se puede decir que, "sin tener la mediación de un terapeuta, puede tener consecuencias terapéuticas, en el entendido de que resulta saludable para la propia historia, construida en torno a la pérdida, realizar el rito".
"De este modo, la visita al cementerio no sólo permite celebrar al que ha partido, sino que permite celebrar además aquella relación con la vida y con la muerte que ha construido aquel que ha quedado en vida. Esto reafirma un compromiso, una historia y así una forma de vida en ausencia del ser querido", agrega.
EL DUELO
Para el especialista existen momentos distinguibles en la vivencia de un duelo, en muchos casos caracterizados por una reacción inicial de evitación de la pérdida.
"En este primer momento se genera una sensación de que esto no puede estar ocurriendo. Luego viene una paulatina asimilación de la misma, que tiene que ver con el reconocimiento intelectual y emocional de la pérdida, lo que genera una inevitable revolución interior", afirma Morales.
El momento final tiene relación al acomodo por parte de la persona, de un nuevo escenario sin el fallecido. "Esto implica la aceptación de la pérdida y la reorganización de la vida", añade el sicólogo.
Para cada persona es diferente la asimilación de la pérdida de un ser querido. Así también, la vivencia de cada momento es distinta para cada individuo. "En esta última fase es donde se marcan las diferencias más importantes, ya que tiene que ver con qué recursos contamos para significar la ausencia de la persona querida en el resto de nuestra vida. Ahí pueden aparecer recursos como la fe, como las creencias, como los rituales, entre otros", enfatiza el experto.
DOLOR
Además, cada uno tiene una manera diferente de vivir el dolor que se siente al perder a un ser querido. Influyen muchos aspectos, tanto la cercanía que se tenía con esa persona, la fortaleza y la capacidad de demostrar lo que se siente.
Todos los casos son particulares y no habría fórmulas generales para vivir un duelo. Morales afirma que "no hay recetas para vivir un duelo y, en muchas ocasiones, resulta hasta irresponsable decirle a otra persona cómo debe vivir su dolor. El dolor nos pertenece tanto como la felicidad y si bien es una emoción que no nos agrada debemos asumirla como parte de nuestra vida".
Lo importante es ser capaces de dejar fluir el dolor, acompañarlo respetuosamente y no presionar a quien lo vive. Debe darse tiempo para vivir esta etapa. "Pero si aquel dolor resulta inhabilitante para la vida podría ser prudente una ayuda significativa que permitiera reelaborar la experiencia", aconseja el sicólogo.