11 de agosto de 2008
El gobierno de Morales intenta hacer su "revolución" de centralizar en extremo el Estado justo en el momento histórico en que las regiones autonómicas impulsan su autonomía departamental.
Carlos Toranzo /analista político
Cuando una nación latinoamericana , como Bolivia, vive al calor de una excesiva gimnasia de referéndums, lo que nos indica es que su democracia no funciona y que sus problemas no pueden ser solucionados por los actores políticos. El problema más intenso del país radica en la oposición entre gobierno central y las regiones autonómicas. El gobierno de Morales intenta hacer su "revolución" de centralizar en extremo el Estado, así sea por medios autoritarios y violando el Estado de derecho, pero lo intenta hacer justo en el momento histórico en que las regiones autonómicas impulsan decisivamente su autonomía departamental, -demanda de más de un siglo-, a la cual el quieren dar validez estatal. Esa autonomía se combina con una lucha contra el estilo autoritario de gobernar del MAS, pero igual que el gobierno central, esas regiones, no necesariamente reparan en la legalidad de sus acciones. Esa contradicción es la que pretendía solucionarse con el referéndum autonómico.
Los resultados indican que Morales se ratifica con una votación más alta que la que consiguió para llegar al poder, con cerca del 60% de los votos, de los cuales más de 38% se explican por el electorado de La Paz. Su victoria lo impulsará a tratar de dar más celeridad legítima, –no siempre legal- a su proyecto. Pero, en la otra orilla los prefectos de los cuatro departamentos autonómicos también son ratificados y de ese modo ellos reclamarán más legitimidad para avanzar a las autonomías departamentales para frenar el proyecto gubernamental. Es decir que el empate político subsiste, la segmentación regional se intensifica, la división urbano-rural se magnifica. Los resultados del referéndum no aplacan los discursos confrontacionales del todo o nada, al contrario, le echan más leña a los conflictos políticos y sociales de un país que todavía no atina a comprender que el entendimiento y la concertación son los caminos más efectivos para dar viabililidad a la nación.
El gobierno tiene más razones para avasallar a las regiones autonómicas y éstas poseen ahora más argumentos para frenar al gobierno central. Cada uno cree que pude vencer al otro, pues la lógica amigo enemigo se impone en la política boliviana. Mientras tanto, las instituciones se hunden, se impone la anomia estatal, pues ya nadie respeta la ley, se cree que es legal lo que uno hace y es ilegal lo que hace el adversario. En ese contexto se imponen las radicalidades de todo tipo, las cuales están erosionando la democracia boliviana. Vivimos las épocas de los extremos sin que haya racionalidades democráticas que le den esperanzas al país.
