28 de junio de 2008
Además, el diario británico Daily Telegraph publicó un reciente sondeo según el cual el índice de satisfacción con la labor del Primer Ministro ha caído de un 44% desde septiembre a sólo un 14%.

Con una nueva derrota laborista en unas elecciones parciales y un sondeo de intención de voto que sitúa al partido gobernante 18 puntos por debajo de los "tories", el primer aniversario de la llegada de Gordon Brown al número 10 de Downing Street no podía resultar más ominoso para el Primer Ministro.
Aunque esperada, la derrota del partido de gobierno en las elecciones celebradas en HenleyonThames para ocupar el escaño dejado vacante por el conservador Boris Johnson tras conquistar la alcaldía de Londres, representa una humillación más para Brown, que ha visto a su partido relegado a la quinta posición.
Con un magro resultado de 1.066 votos frente a los 19.796 obtenidos por el candidato conservador, los laboristas se vieron superados no sólo por los liberales demócratas, que lograron 9.680, sino también por los Verdes y el ultraderechista Partido Nacional Británico.
Este descalabro se suma al sufrido en las recientes elecciones de Crew y Nantwich, viejo feudo laborista, y en los comicios locales parciales de Inglaterra y Gales.
Por si fuera poco, Brown desayunó con un sondeo del diario británico Daily Telegraph, según el cual si hace un año un 62% de los ciudadanos creían que los laboristas ganarían las próximas legislativas y sólo un 18% confiaban en los "tories". Ahora, la situación es muy distinta: un 67% da por ganadores a la oposición y un 16% sigue creyendo en los laboristas.
Gordon Brown, el escocés imbuido de un nuevo patriotismo británico a quien hace un año muchos veían como el único dirigente capaz de sacar al partido del pozo de descrédito en el que lo había hundido su antecesor Tony Blair con la guerra de Irak, no ha sido el gran activo para el laborismo que esperaban sus partidarios.
Tras algunos éxitos iniciales en la gestión de los fallidos atentados terroristas de Londres y Glasgow, o el modo decidido en que afrontó las inundaciones y los brotes de fiebre aftosa, el Primer Ministro ha ido de descalabro en descalabro hasta el punto de perder su reputación de buen gestor económico.
La crisis del banco Northern Rock le mostró como un líder vacilante, y algunas decisiones de su gobierno como la de abolir la banda impositiva más baja en la declaración de hacienda, que había favorecido a los más pobres, le reveló como un político frío y ajeno a los problemas cotidianos de la gente y en especial de aquéllos por quienes más debían preocuparse precisamente un laborista.
Su cuidada imagen de artífice del mayor período de estabilidad conocido por el Reino Unido se resquebrajó rápidamente y pronto muchos sospecharon que todo ello había tenido que ver sobre todo con su buena estrella, es decir con el largo período de bonanza de la economía mundial, que ha tocado finalmente a su fin. Sin el carisma de Blair y también sin su arrojo, como demostró el pasado otoño al echarse atrás, en el último momento y ante los primeros sondeos adversos, de su decisión de convocar elecciones generales adelantadas para medirse por primera vez en las urnas, Gordon Brown presenta hoy una imagen de perdedor.
Los datos del sondeo que publica The Daily Telegraph no pueden ser más elocuentes: y así, cuando hace un año se preguntó a los ciudadanos si Brown era un activo para el partido, un 48% respondieron afirmativamente mientras que hoy son sólo un 21% quienes piensan así.
El índice de satisfacción con la labor del Primer Ministro ha caído de un 44% el pasado septiembre a sólo un 14% en esa última encuesta. Ni siquiera el último líder conservador, el igualmente poco carismático John Major, había caído tan bajo.